24/03 

Teníamos doce años, ya pensábamos que eramos grandes, así que nos fuimos al centro. Debía ser sábado porque era a la mañana, debían ser los ’90 porque coleccionábamos latitas de gaseosas importadas.
Ir al centro era salir del mundo de las tres manzanas amarillas del Barrio Rosendo López, en Bahía Blanca. Era esperar la 505 en la esquina de Araucanos y Balboa. El cole agarraba Balboa derecho, cruzaba un baldío de 3 cuadras, la canchita, el Rosendo Viejo , la calle Sócrates (pretenciosos para nombrar las calles del barrio) y de ahí hasta el Hospital Italiano, Villa Mitre y llegábamos así hasta las vías. Cada ciudad tiene su frontera interna, en Bahía Blanca son las vías. Las cruzábamos y – por calle Brown – llegábamos al centro.
Esa mañana, los paredones de la calle Brown tenían dibujadas siluetas. Muchas siluetas y una frase que no se parecía a ninguna frase que hubiéramos leído antes en un paredón: “Aparición con vida. Treinta mil desaparecidos presentes”

- Los desaparecidos – dijo Alfonso – eran unos que tenían una religión distinta, y tenían un Dios que era el Che Guevara. Por eso los mataron -

En la casa de Alfonso fueron los primeros en el barrio que tuvieron video-cassetera. Eso y el buen rendimiento escolar le otorgaron a Alfonso la posibilidad de brindar explicaciones sobre temas que para nosotros  eran desconocidos.

- Los artesanos que están en la plaza – continuó Alfonso – creen en el Che Guevara.

Cuando llegamos nos bajamos en la Plaza Rivadavia (lindo prócer le tocó al centro) Parte de la salida era recorrer uno por uno los kioscos de revistas. Eran para nosotros un pasaje a otras dimensiones. No hacía falta decirle ni a Martín ni a Alfonso que había que parar a mirar. Nos quedábamos los tres callados recorriendo una por una las tapas.

En la Plaza, entre kiosco y kiosco, estaban los artesanos.

- Mirá – dijo Alfonso en voz baja, señalando con sigilo un colgante de metal – Ese es el Che Guevara.

La primera impresión que me causo fue la de una copia moderna de Jesucristo. Eran raras todas las novedades religiosas en un solo día.

- ¿Y los mataron porque creían en otra religión? -

Todavía no entendía si eso había pasado en Argentina, o Alfonso estaba mezclando las pintadas de la calle Brown con la historia del país de sus padres, Chile.

- Si. Creían en el Che Guevara, por eso los mataron -

A los años, el ruido de esos paredones fue encontrando replicas. La explicación de Alfonso era la verdad, era al menos la verdad de la época, era todo lo que podíamos saber de algo que parecía que daba vergüenza. Eran los demonios, era algo despegado de la historia, era un suceso aislado de buenos y malos, era el pedacito del pasado silencioso que le tocaba a los artesanos, como el pedacito de plaza que le prestaban los sábados a la mañana.

Ayer tomé un taxi. Lo manejaba una chica de treinta y pico. En el asiento de acompañante iba su hija, de doce o trece años, recién salia de la escuela. Iba repasando su carpeta.

- Ma ¿Sabés que le pasó a “Estela Carlotto”? -

Me quedé congelado en el asiento de atrás.

- A ella en la dictadura le secuestraron a la hija que estaba embarazada, así que todavía esta buscando al nieto.

Nunca más, nunca menos. Me baje del taxi con una tristeza que no logró vencer la sonrisa de una enorme alegría.

Hablando de Roma:

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